Viernes por la noche, junto con mi mujer, un amigo y mi hijo en su silla de paseo, caminamos por Conde Aranda. Vamos a comprar la cena al turco que hay justo en medio, haciendo esquina con la calle Cerezo. Mi amigo entra al turco, mientras yo espero con mi mujer fuera. La "fauna humana" que puedo ver en ese cruce, y el rostro de mi mujer me atemorizan. Mi paternidad me ha cambiado y me ha hecho volver a sentir miedo, donde antes no veía nada. Puedo leer en la cara de mi mujer el temor que empieza sentir, y como su rostro mira impulsivamente hacia todas las direcciones. Me contagia y la acompaño en su vigilancia.
Un grupo sale entre gritos de un locoturio cercano, otras aparecen de repente de las sombras de la esquina contraria de la calle cerezo, junto al hotel de Conde Aranda. Y acuden a paso acelerado hacia el tumulto. Mi hijo del susto adquiere la cara que tenía su madre y la de esta se transforma en pánico.
Decido coger con velocidad el carro de mi hijo y abandonar el lugar con rapidez, mi amigo ha quedado dentro del local. Desde la lejanía y más tranquilo vigilo los amagos de pelea y empujones, por si este puede salir salpicado y necesita mi ayuda. Sale por su propio pié y con paso acelerado, al no vernos sale afortunadamente hacia nuestra misma dirección.
Observamos como la pelea se disuelve y no llega a más. Hemos pasado miedo y lo peor es que no es la primera vez que nos sucede en la misma calle. Las peleas son corrientes en esta zona.
Echamos de menos a la policía local patrullando a pié por Conde Aranda y adyacentes, y sobre todo por la noche. No nos vale que pasen con sus coches de vez en cuando. Necesitamos verlos y que se dejen ver.
Necesitamos sentirnos seguros.


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