
Ya no queda nada de mi fe católica. La que intentaron inculcarme mis padres, como a tantos otros niños por obligación o quizás por costumbre, se esfumó. Ya no queda nada en mí de la mayor mentira de la historia de la humanidad. No creo en Dios. Es imposible que él exista. No es posible que un ente al que aluden la bondad, el cariño y el amor, permita que ocurra lo que en el mundo pasa, ha pasado y pasará.
Pero si de algo no creo, es en la Iglesia, en sus normas y en sus mentiras, en sus delitos y en sus silencios. No todo son pipas rancias en esta secta, hay gente buena y gente que intenta ayudar a otras personas con sus problemas, y que dejan gran parte de su vida en ello. Una labor que hay que alabar, pero no deja de ser igual que otras muchas ONG.
Pero lo peor es lo que oculta la Iglesia, y no me refiero a los millones de muertes que durante la historia han provocado, sino a mal nacidos como el sacerdote Laurence Murphy, que hace 20 años, abusó de 200 niños en Milwaukee (E.E.U.U), y donde la iglesia calló. Y que un mal nacido llamado Joseph Ratzinger, actual Benedicto XVI, al saber de ello en 1996, callara. Que la iglesia una vez conocido los hechos en 1974, agachara la cabeza una vez más y simplemente desplazó al padre Murphy a otra diócesis, donde siguió teniendo tratos con niños y adolescentes hasta su muerte, quizás lo único que hizo bien en su vida.
Organización oscura y sucia, esta iglesia católica, que esconde sus delitos, mientras sigue acumulando riquezas, no pagan impuestos y encima se les concede una casilla específica en la Renta. Como para ponerle la X.


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